Un sulky , una bicicleta y la historia de Ava.

 

‘Mi ciudad estaba tan identificada como la sede del poder en Birmania que el ‘Reino de Ava’ o la ‘Corte de Ava’ era el nombre conque los europeos conocían a Birmania hasta el silo XIX’…nuestra guía, una orgullosa hija de Ava nos decía… Antigua ciudad de Ava. Crédito: Silvia Muda

 

‘La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida…’

Pedro Navaja tenía razón. Tiene razón. La vida, como la historia, toma giros sorprendentes e inesperados. Muchas veces. Casi sin habernos dado cuenta, estábamos viviendo en Tailandia, en el sudeste asiático. Desde el sur del Sur, al sur de Oriente. Y, casi sin darnos cuenta, mudados e instalados en la nueva casa, empezamos a sentir la necesidad de saber más sobre la historia y su gente, la cultura de nuestro nuevo país – hogar. Para sentirnos, otra vez, en casa. Tan lejos de casa.

Empezamos a investigar y leer. Mucho. De esta manera aprendimos que una de sus antiguas capitales, la orgullosa y cosmopolita Ayutthaya, había sido asediada y atacada en diferentes ocasiones hasta que, a mediados del siglo 18, lograron su objetivo: la gran capital de Siam fue destruída por los enemigos históricos del reino. Por los birmanos.

Siglo 18. 1767 fue el año en que Ayutthaya fue invadida e incendiada. Por última vez. La vencida . De la poderosa capital solo quedaron ruinas humeantes. La historia de antagonismo entre los dos reinos fue larga e intensa. Los ejércitos birmanos, provenientes de Pegu, Ava o de algún reino Mon, habían llegado hasta las puertas de Ayutthaya en varias oportunidades. En distintas épocas, con ejércitos, armamentos y artillería que variaban acorde a cada momento histórico, pero todos coincidían en algo: había que conquistar al gran adversario geopolítico en el sur.

Fue la primera vez que oímos hablar de Ava: los invasores, los conquistadores, los destructores …

Siglo 21. 2018, más de 350 años mas tarde, quince años después de nuestra llegada a Tailandia. Myanmar ya era un país democrático. Entonces sentimos que era el momento de conocer ‘el otro lado de la moneda’; ver de cerca, aprender más sobre la cultura e historia de ese pueblo, que resultó ser tan rica como la historia de Siam, hoy Tailandia.

Ya en Myanmar y respetando la historia y tradiciones de una de sus antiguas capitales reales, porque tuvo tantas como reinos, llegamos a Ava en bote. Cruzamos el río Myitinge, en dirección al este de la ciudad. Decenas de carros de caballos, especie de sulkys, esperaban en la orilla. No solo a nuestro bote. A todos los turistas que irían llegando a lo largo del día. De más está decir que también estaban las guías quienes,  al más puro estilo granadero de guardia, miraban atentamente el bote que se aproximaba.

Lo más sorprendente, después nos dimos cuenta, es que no miraban al bote. Nos miraban a nosotros, los turistas. Estaban eligiendo a sus ‘clientes’. A distancia. En silencio. Sin discusiones ni peleas. En un acuerdo tácito. Encantadoras guías, pero persistentes. Y no aceptaban un no por respuesta. Simple. Todo quedó resuelto ni bien pudimos poner un pie en un pedacito de terreno que estuviese, al menos, un poco seco y firme: recorreríamos la antigua ciudad de Ava en uno de esos pintorescos sulkys y nuestra guía iría en su bicicleta. Decisión tomada….por ella.

Las calles de Ava no están pavimentadas, ni mejoradas. Son sendas angostas de tierra. Había llovido la noche anterior sin descanso. Barro. Pesado para los caballos, difícil para nuestra guía. Ella, sonriente, como si estuviese paseando en una avenida pavimentada, nos seguía en su bicicleta. Los ojos fijos en la senda. Buscando tierra firme en la huella que dejara marcada, en ese barro fresco pegajoso, una de las ruedas del sulky. A solo un metro detrás nuestro. Ni el barro, ni el pesado pedaleo le impedía describir los monumentos y templos que visitaríamos durante el recorrido. ‘Ava fue una capital muy importante y nuestros reyes eran Shans, descendientes de los gobernantes de Bagan’. Nuestra guía, orgullosa hija de Ava, nos decía …

Como ocurre con muchas ciudades en Myanmar, que antes fuera llamada Birmania, el nombre va cambiando a lo largo de su historia. Es por eso que hoy en día la ex capital se llama Inwa, que significa ‘Boca del lago’; pero fue conocida en la época de la ocupación británica como Ava, y mucho antes de eso, era ‘Ratnapura’ ‘La ciudad de las gemas’, como la conocían sus antiguos habitantes. Para nosotros era Ava, la ciudad de los invasores, la poderosa capital.

Ava, fundada en 1364, fue el reino dominante que había reunido el centro de Birmania después de la caída de la magnífica antigua capital de Bagan y que fuera construida estratégicamente en la confluencia de los ríos Irrawaddy y Myitinge. Lo que terminó siendo, como lo atestiguó y probó el tiempo y la historia, una receta para el éxito: era en esa ubicación geográfica en que todo el comercio de arroz de la llanura de Kyaukse se podía controlar y regular. De esta manera, los reyes de Ava pudieron construir un sólido estado y una fuerte dinastía. En su centro, Ava, la poderosa y antigua capital real.

Después de escuchar a nuestra guía contarnos sobre la larga historia de conquistas de su ciudad que incluía la antigua capital de Siam, Ayutthaya, seguida por todas las invasiones, recuperaciones y triunfos, una cosa quedó clara: tratar de recordar el orden y nombre de todas las capitales reales, todos los reinos que gobernaron sucesivamente Birmania, no es la más fácil de las tareas. Pero que, sin temor a equivocarnos, lo podríamos resumir diciendo que la ciudad de Ava fue la capital del reino durante casi 360 años pero en distintas ocasiones desde 1364 hasta mediados del siglo XIX. En el medio, el poder cambiaba de manos, dinastías, reinos y las capitales reales se movían.

Pero, la historia, como la vida, a veces toma giros sorprendentes e inesperados. De repente, llegaría el final: Ava vio sus últimos días no de la mano de ningún gobernante de otro reino, batalla o invasión, sino de la naturaleza. Una serie de terremotos devastadores en 1839 logró lo que enemigos y guerras no pudieron. La capital del reino de Ava fue literalmente destruida dejando a su último rey sin opciones ni asiento para su reino. Tuvo que comenzar de nuevo. En otra ciudad capital: Amanapura. Pero que, por esos giros de la vida o caprichos de la historia, fuera siempre reconocida por los extranjeros como la “Corte de Ava”. A tal punto que desde el siglo XV, los europeos utilizaron el término Ava como sinónimo de Birmania central y septentrional, hoy Myanmar. Reconocimiento para Ava, injustica para Amanarapura.

Sentados en el sulky, que nos permitía tener una distinta perspectiva, podíamos apreciar el paisaje rural que rodeaba y se comía todo con un intenso verde. De vez en cuando, alguna villa o pagoda. Viendo eso, nos costaba creer que alguna vez ese lugar haya sido una capital real. Pero, no todo está perdido. A pesar de la destrucción de la ciudad, hoy todavía quedan algunos restos de la grandiosa capital. Algunos. Lamentablemente, del Palacio Real solo sobrevivió una torre de vigilancia de 27 metros de altura que, aunque inclinada, estoícamente perdura y resiste en el tiempo: ‘La Torre Inclinada de Ava’ como, obviamente, es conocida.

Mejor suerte tuvo el Monasterio de ‘Bagaya’. Para muchos, es el más impresionante de los pocos edificios sobrevivientes de Ava. Envuelto en una atmósfera de historia y años aún hoy en día continúa siendo una escuela para monjes novicios. Construido en 1593. Con sus 7 pisos que denuncian su status real, el monasterio se presentaba súbitamente, humilde, imponente, al final de la senda. Decir esto es una cosa. Verlo, es totalmente otra.

Oscuro. Cavernoso. Nos llevó varios segundos acostumbrarnos a ese mundo de sombras, a darnos cuenta dónde ‘habíamos aterrizado’ después de cruzar el viejo umbral de madera. Era la sala principal del monasterio. Madera. Cada pieza y pedazo de este edificio está hecho de madera tallada. Las puertas, los marcos de las ventanas, los paneles divisorios, las pequeñas columnas que decoran las paredes; hasta las bases de las columnas, también de madera, están ricamente grabadas con simples, delicados motivos. Exquisitez del estilo arquitectónico birmano.

Sería más que obvio decir que este monasterio es famoso por sus tallas en madera. Arabescos florales, figuras curvilíneas, aves y animales de la mitología budista. Esfuerzo y logro artístico de la época de oro de Ava. Pero no es solo la minuciosidad de los detalles de las tallas lo que sorprende. La imponente altura de ese ambiente, solo evidenciada por sus columnas, quita el aliento. Son tan altas que la parte superior, donde descansa el techo, se pierde en la oscuridad más densa, en la noche más cerrada. El techo, bueno, hay que adivinar donde está. Impactante. Abrumador.

Y luego, la única chispa de color en todo el espacio: la principal imagen de Buda, envuelto en una capa adornada con pequeñas hojas de oro, sentado en un trono labrado de oro. Una baranda de madera delicadamente tallada separa, como protegiendo, la imagen del público. Bueno, diría que solo del público femenino porque los hombres sí pueden acercarse. Así que, resignadamente, decidí tomar fotografías a distancia, tratando de absorber, en silencio, la atmósfera de devoción y respeto que nos envolvía. Mientras mi esposo sacaba fotos a la imagen.

Impresionante. La atmósfera. La oscuridad del lugar. La infinita altura de las columnas. El simbolismo. Monasterio de Bagaya. Construido en los 1500, destruido por un gran incendio pero reconstruido en 1834 respetando su diseño original y su grandiosidad. Sobreviviente del terremoto de 1839 que destruyó la ciudad. Extraordinario.

Admirando las tallas exteriores de este sorprendente monasterio mientras tratábamos de acostumbrar nuestros ojos a la luz del día, reconocimos el llamado: ‘Madam, Mister’… Nuestra guía. No era necesario buscarla. Ahí estaba. Firme, sonriendo, esperándonos. Lamentablemente, no podemos recordar su nombre. Una pena. Vergonzoso de nuestra parte.

Con una breve parada en la Pagoda Yadana Hsemee, un pequeño y antiguo grupo de templos, nuestro próximo destino en Ava fue el Monasterio Maha Aungmye Bonzan, o Ok Kyanumg, como se lo conoce. Es una edificio bastante descolorido, robusto, enorme y decorado con estuco. Construido en 1839. Concebido en el mismo estilo arquitectónico de los monasterios de madera más comunes de su tiempo pero construido con mampostería. para aseguarrse que perdure en el tiempo…Dañado y abandonado después del terremoto de 1839. Abandonado pero no olvidado. Restaurado en 1873 recobrando no solo la forma que hoy conserva sino su merecido lugar en la vida y los corazones de la ciudad y de su gente.

‘Este monasterio es de gran importancia y valor para Ava y para el pueblo birmano en general’. Nos comentaba nuestra guía mientras entrábamos al complejo pasando entre los dos leones, arquetipos de la arquitectura birmana, custodios de la entrada. Tenía razón. Varias familias, parejas jóvenes y grupos de amigos caminaban silenciosamente por los verdes, extensos jardines que rodean el edificio; otros, ya dentro del monasterio, recorrían los frescos pasillos que conducían a la imagen principal de Buda.

Simbolismo y arquitectura. Repetición de formas y contornos que denotan, aún hoy, un delicado estilo y diseño de alto nivel arquitectónico. Hay un sentido de realeza todavía presente pero, al mismo tiempo, es un lugar vivo y sagrado. Un espacio de respeto, de fe, de oración y de creencias. Salimos del complejo, bajo la atenta mirada de los dos leones de la entrada, dejando atrás el Monasterio Ok Kyanumg, sólo para ellos, para los birmanos.

Sentados en nuestro sulky, escoltados por nuestra atenta y comunicativa guía, emprendimos el camino de regreso hacia la orilla del río. Donde habíamos llegado horas antes. Donde todo empezó. Le dimos las gracias y desapareció, perdida entre todas las demás guías.

Cargado de turistas, el bote que nos llevaría de regreso se estaba acercando a orilla. Nuestra guía, sin duda alguna, ya tenía claro a quien acompañar. La historia de Ava volvería a vivir y ser vivida una vez más, en cuestión de minutos, en una bicicleta detrás de un sulky, a lo largo de los caminos, por entonces no tan embarrados, de Ava …

Decenas de caballos, especial de  sulkys, esperaban en la orilla. No solo a nuestro bote. A todos los turistas que, como nosotros, irían llegando a lo largo del día. De más está decir que, también estaban las guías, quienes, y al más puro estilo granadero de guardia, miraban atentamente el bote que se aproximaba.

 

Sentados en el sulky, que nos daba una distinta perspectiva, podíamos apreciar el paisaje rural que rodeaba y se comía todo con un intenso verde. De vez en cuando, alguna villa o pagoda. Es dificil creer que este lugar, alguna vez, haya sido una capital real.

 

Oscuro. Cavernoso. Nos llevó varios segundos acostumbrarnos a ese mundo de sombras, a darnos cuenta dónde ‘habíamos aterrizado’ después de cruzar el viejo umbral de madera. Era la sala principal del monasterio. Madera. Cada pieza y pedazo de este edificio está hecho de madera.

Imagen del Buda principal del Monasterio Bagaya . Crédito: Hugo Berra

 

 

Breve parada en la Pagoda Yadana Hsemee, un pequeño y antiguo grupo de templos, primer ejemplo de construcción con ladrillos, reemplazando a la madera. Hermoso templo, sueño para fotógrafos, raramente aparece en un folleto turístico, pero todos los sulkys paran…

 

Aungmye Bonzan Monastery, conocido como  Ok Kyanumg. Simbolismo y arquitectura. Repetición de formas y contornos que denota, aún hoy, un delicado estilo y diseño de alto nivel arquitectónico. Hay un sentido de realeza todavía presente…

 

Ya sentados en nuestro sulky, escoltados por nuestra atenta y comunicativa guía, emprendimos el camino de regreso hacia la orilla del río. Donde habíamos llegado horas antes. Donde todo empezó. Le dimos las gracias y desapareció, perdida entre todas las demás guías.
 

 

Cargado de turistas, el bote que nos llevaría de regreso se estaba acercando a orilla. Nuestra guía, sin duda alguna, ya tenía claro a quien acompañar. La historia de Ava volvería a vivir y ser vivida una vez más, en cuestión de minutos, en una bicicleta detrás de un sulky, a lo largo de los caminos  de Ava …
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Argentine, civil engineer by profession, ex-city planner by choice, amateur photographer and travel writer by chance; without speaking any English, I moved into Pattaya because of my husband's job in March 2003, along with our fifteen -years old son. With great conviction, will power and a great group of friends, those hard times are part of the past. Slowly, I started to find my own space, to recognize and feel Pattaya as my own city, I started to have a ...home, so far from Home.

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